Thirty Flights of Loving

Desarrollador: BLENDO Games (los de Gravity Bone y Flotilla)
Distribuidor: BLENDO Games
Disponible en: Windows

En algún momento de la concepción de Thirty Flights of Loving, la narrativa eclipsó al juego. Muchos argumentarán que Brendon Chung es intencionadamente mejor narrador que diseñador, que lo suyo es contar historias a través de la interactividad, un reto que ninguna generación de desarrolladores había afrontado con tanto ahínco como la actual. Recordando Gravity Bone, obra de la cual Thirty Flights es secuela indirecta, solo puedo poner en duda esa afirmación. Naturalmente que Chung es un narrador experimental y que juega con los puntos de giro, el suspense o los finales abiertos en el marco de un gameplay más o menos sólido, transmitiendo al jugador esa mágica sensación, ese espejismo de poder interactuar con lo narrado, una posibilidad, según algunos autores, paradójica en su propia esencia. Pero también había en Gravity Bone una serie de mecánicas, pequeños objetivos y retos que precipitaban ese minúsculo salto, casi imperceptible, pero qué duda cabe que imprescindible, entre narrativa interactiva por un lado, y videojuego narrativo por el otro. Un salto cualitativo no producido en Thirty Flights. Un trecho que lo separa de su antecesor y lo deja en el lado de Dear Esther.

Leo en Nightmare Mode al autor de la crítica de Thirty Flights volviendo al argumento de “lo que importa es el camino, no la resolución”, tesis que, mientras siga existiendo, dará de comer a guionistas como Damon Lindelof y Carlton Cuse, autores del decepcionante final de Perdidos (desenlace que, recordemos, solo es el resultado de una avalancha de meteduras de pata iniciadas desde aproximadamente el final de la tercera temporada). Por supuesto que las historias son obras incompletas que han de ser interpretadas y dotadas de significado por el receptor, pero entiendo que existe una diferencia abismal entre dejar el tema de la obra a interpretación del espectador, propiciar un final abierto o dejar algunas cuestiones sin resolver, y ceder prácticamente el trabajo de lograr una coherencia interna al público. ¡Que se llenen los foros de debates! Finales abiertos, esa nueva forma de lograr repercusión y hacerse el interesante.

Y soy consciente del final cuidadosamente abierto a interpretaciones de Gravity Bone, pero no se puede decir que ésa sea su mayor virtud, o aún peor, la única, como ocurre en Thirty Flights, donde todo es incertidumbre envuelta en un discurso artificial e intencionadamente oscuro. Quince minutos en los que el “jugador”, distraído por la incuestionable habilidad de Brendon Chung para saltar entre escenas gracias a un dominio brillante de la elipsis, ve pasar su oportunidad de tomar alguna decisión más relevante que avanzar por una bonita cadena de acontecimientos sucedidos a nuestro alrededor sin la opción de interactuar con ellos, o sin saber muy bien qué se quiere transmitir y por qué. Es cierto lo que se ha dicho de Thirty Flights: su obsesión por la economía del lenguaje le lleva a eliminar todo lo superfluo y accesorio de su narrativa, confiando en un tipo de montaje que nos transporta de aquí allá, de un acción que está por acabar a otra ya empezada, y entregándose al poder de la imagen para hablar por sí sola. Puro showing. Lo que quizá no se ha comentado es que, en su afán reduccionista, Thirty Flights parece haberse olvidado de lo más importante: tener en cuenta al jugador. Tampoco hacía falta irse muy lejos para darse cuenta; Gravity Bone bien lo sabe.

Estéticamente el resultado es igual de enigmático, sobrecogedor y al mismo tiempo extrañamente familiar. El motor sigue siendo el de Quake II, aunque en esta ocasión los escenarios no están a la altura, ni en tamaño ni en calidad, de su predecesor. Brendon Chung sigue exhibiendo su talento a la hora de suministrar ráfagas de placer gracias a momentos de verdadero éxtasis narrativo, pero en conjunto el recuerdo es menos consistente que en Gravity Bone, precisamente por obviar la importancia del jugador a la hora de construir y dar sentido a la experiencia. En definitiva, después del demoledor Gravity Bone se esperaba un paso adelante en alguna dirección. En su lugar, Thirty Flights prefiere no arriesgar y opta por sentirse seguro, consolidando un estilo y una filosofía que todavía puede darnos muchas alegrías en el campo de la narrativa interactiva. Esperemos que la confianza de los jugadores no se agote antes.

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